
Es posible que la oferta petrolera haya llegado a su máximo histórico en julio de 2008, por lo cual ya habríamos pasado ese temido tope sin que casi nadie lo notara. Esto tendría su explicación en que la producción de gas natural sigue aumentando y cada vez más sustituye a derivados del crudo.
Las cosas seguramente empeorarán cuando la extracción combinada de petróleo y gas natural alcance el máximo posible en el planeta. Después de esto, el suministro de hidrocarburos comenzará a descender y ya no se podrá satisfacer la demanda, y los precios se dispararán.
Cuando eso ocurra, se iniciará un periodo de depresiones severas de la economía, con recuperaciones cortas e intermitentes.
La producción alimentaria también se verá afectada, pues 80 por ciento de nuestro consumo actual se produce con fertilizantes hechos con nitrógeno, cuyos precios dependen del valor de mercado del gas natural.
Gobiernos y empresas se han vuelto muy conscientes del problema, y se invierten grandes sumas en varias soluciones alternativas.
Una opción posible es expandir las reservas de gas natural accesible con una tecnología conocida como fractura hidráulica o “fracking”.
Esta técnica consiste en bombear a alta presión decenas de millones de litros de agua tratada químicamente sobre formaciones profundas de rocas sedimentarias relativamente impermeables, conocidas como esquistos. El fluido resquebraja esas piedras o expande las grietas existentes en ellas, liberando así los hidrocarburos para que puedan circular hacia un pozo.
Otra alternativa es apelar a un método conocido como gasificación subterránea del carbón (UCG, por sus siglas en inglés).
En este procedimiento, las vetas del carbón se convierten en “syngas” (gas sintético), una mezcla de metano, hidrógeno y monóxido de carbono, mediante la inyección de oxidantes en las profundidades del suelo.
El concepto fue propuesto originalmente por Dmitri Mendelejev, científico ruso a quien se conoce como el padre de la tabla periódica de elementos. Los primeros grandes proyectos se llevaron a cabo en Uzbekistán en los años 30, cuando ese país era parte de la hoy disuelta Unión Soviética.
En los últimos tiempos, muchos gobiernos se han mostrado interesados en resucitar esta idea.
Es fácil comprender por qué están tan entusiasmados. Relativamente cerca de la superficie hay limitadas cantidades de carbón, pero las reservas ubicadas en las profundidades de la corteza terrestre son enormes.
Por ejemplo, se estima que en el fondo del mar de Noruega hay tres billones de toneladas de carbón. Esos depósitos no pueden explotarse económicamente con los medios convencionales actuales, pero la UCG puede convertirlos en syngas.
La parte negativa es que el fracking y la UCG juntas pueden formar una receta para una pesadilla ecológica definitiva.
Si bien se multiplicarían los recursos recuperables de los combustibles fósiles y nos permitirían producir muchas veces más dióxido de carbono (CO2) de lo que de otro modo hubiera sido posible, la acción combinada de esta técnias tendría consecuencias desastrosas para el clima, porque el dióxido de carbono es un gas de fuerte efecto invernadero.
Además, un tercio del CO2 que producimos actualmente se disuelve en los océanos como ácido carbónico.
Cada vez más científicos aseguran que la acidificación de los mares puede ser, a largo plazo, un problema incluso más serio que el recalentamiento planetario.
Otro peligro es que parte del metano producido por el fracking o la UCG escape casi inevitablemente de los sistemas de recolección y se filtre en la atmósfera. Si se tienen en cuenta tanto los impactos directos como los indirectos, durante los próximos 100 años una molécula de metano calentará el planeta 33 veces más que una molécula de CO2.
Según un estudio de la estadounidense Cornell University, incluso ahora hasta ocho por ciento del gas natural se escapa hacia la atmósfera durante la fase de producción o en el transporte y el uso final. Es razonable presumir que la UCG y el fracking producirán pérdidas aun mayores que los métodos actuales.
Pero, ¿cómo reemplazamos el gas natural y el petróleo si la UCG y el fracking son demasiado peligrosos para nuestro clima y los océanos?
Una tercera opción que se menciona a menudo es usar aceite de esquisto y arenas alquitranadas como materias primas para productos sustitutivos del petróleo, aunque esto también produce emisiones muy grandes de CO2.
En teoría, los automóviles eléctricos pueden reemplazar a los que usan gasolina y combustible para motores diésel, pero todavía se propagan muy lentamente, además de que puede ser imposible diseñar aviones o buques cargueros impulsados con electricidad.
Esto nos deja solo dos soluciones realistas: Con el ahorro y mejor eficiencia energética, por un lado, y aumentar la producción de biocombustibles, por otro.
Empero, tampoco se debe descuidar que la producción de insumos para elaborar biocombustibles a menudo requiere fuertes dosis de fertilizante de nitrógeno, que produce óxido nitroso, otro gas invernadero. Por eso la conversión a gran escala de áreas forestadas y turbas tropicales en plantaciones destinadas a ese fin constituye un riesgo para la biodiversidad y para el clima.
Para evitar esa amenaza se debería apelar a la producción de biocombustibles de modo ecológico y socialmente sustentable.
Una manera de hacerlo es utilizando los millones de hectáreas existentes en el mundo de tierras erosionados o de pastoreo que han perdido la mayor parte de su carbono orgánico y su fertilidad. Pueden distribuirse a familias campesinas sin lugar para trabajar para que produzcan alimentos y madera, además de materias primas para biocombustibles.
Esta puede ser una excelente manera de solucionar los problemas relacionados con la futura merma en la producción petrolera y gasífera de un modo que también brinde un medio de sustento decente para cientos de millones de familias rurales.

