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Por Andrés Mejía Vergnaud
director del Instituto Libertad y Progreso.
andresmejiav@gmail.com
El mundo entró en una era de precios altos de alimentos, y sus consecuencias son muy graves.
O el mundo está medio loco, o está medio al revés. O ambas cosas. Donde antes se restringían las importaciones de alimentos, ahora se quiere limitar su exportación. La cuestión de los biocombustibles se agrava por el hecho de que a su alrededor se han creado gigantescos intereses económicos y políticos.
Donde abundaban elementos tradicionales de la dieta ordinaria, como las tortillas en México o la pasta en Italia, ahora hay una permanente inquietud por su ascendente precio. Las organizaciones internacionales hacen llamados de alerta. Similares expresiones se oyen de boca de analistas y expertos. En Argentina los agricultores y ganaderos paralizan el país con sus protestas. En Indonesia, la gente sale a las calles a manifestarse por la escasez de fríjol de soya. Y mientras todo esto sucede, los precios de los productos básicos alimentarios continúan elevándose de modo acelerado, rompiendo registros históricos en su carrera ascendente. Ya no hay duda de que el mundo está ingresando a una era de altos precios de alimentos, con las terribles consecuencias que tal cosa podría tener.
El más interesante síntoma de esta crisis es la curiosa manera como, de la noche a la mañana, el proteccionismo en cuanto a productos agrícolas ha quedado cabeza abajo. Hasta hace poco, la intervención de los gobiernos en el comercio de bienes agrícolas solía orientarse hacia la restricción de las importaciones, con el fin de proteger a los agricultores locales de la competencia exterior. En algunos casos, esto se acompañaba con subsidios a la producción interna. Así, por ejemplo, la desértica Arabia Saudita llegó a ser un productor significativo de trigo. Pero súbitamente cambiaron los tiempos y las circunstancias. Muchos de esos países que antes habrían hecho cualquier cosa por frenar las importaciones de alimentos, ahora intentan con desesperación restringir la exportación de estos. ¿Por qué lo hacen? Porque los precios de los alimentos han aumentado drásticamente en los mercados mundiales, y varios gobiernos temen que este aumento de precios castigue a las poblaciones urbanas con carestía y escasez. Curiosamente, algunos países que antes protegieron con sólidas murallas arancelarias a su sector agrícola, han reducido los aranceles de manera vertiginosa, y algunos los han eliminado, en un esfuerzo por aumentar la oferta de alimentos. La ya mencionada Arabia Saudita, por ejemplo, acaba de eliminar sus aranceles a la importación de trigo.
Estas medidas, que en principio parecerían dignas de justificación, por el gigantesco temor colectivo a una crisis alimentaria, tienen sin embargo un lado oscuro. Para empezar, estas decisiones, aunque pueden aliviar el problema de los precios a corto plazo en el país que las aplica, podrían tener como efecto global un agravamiento de la crisis. Esto porque siembran una mayor incertidumbre y alimentan los temores que ya existen. Además, impiden que los mecanismos de los mercados contribuyan a buscar salidas a la crisis. Pero hay además un inquietante elemento social en esto, y es que estas medidas claramente buscan proteger a las poblaciones urbanas, y para hacerlo restringen el ingreso de los productores rurales, a quienes en varios países ya se mira con sospecha por considerar que sus ganancias han aumentado en exceso.
Por supuesto, un problema tan complejo como este tiene muchas y muy diferentes raíces, pero en gracia de claridad podemos mencionar las dos principales, dejando de lado otras ya muy digeridas, como el incremento en los precios del petróleo.
La primera de ellas, curiosamente, es en sí misma una buena noticia: el acelerado desarrollo económico de China e India. Con el crecimiento de las economías de estos países, centenares de millones de personas han salido de la pobreza, y pueden ahora demandar más alimentos. Esto, naturalmente, crea presiones hacia el alza de los precios, en especial en los granos.
La segunda causa del problema no es tan digna de celebración. Se trata del aumento en la producción de biocombustibles, en particular aquellos que provienen de materias primas como el maíz. La cuestión de los biocombustibles se agrava por el hecho de que a su alrededor se han creado gigantescos intereses económicos y políticos. Muchos países subsidian la producción de etanol, y esto ha beneficiado enormemente a algunos sectores geográficos y productivos, los cuales a su vez se han convertido en objeto del apetito de los políticos. En las regiones tradicionalmente agrícolas de Estados Unidos, por ejemplo, los políticos montan hoy sus campañas sobre la promesa de preservar esta súbita prosperidad. El economista Paul Krugman lo expresa con dramatismo: "en África muere gente para que los políticos estadounidenses puedan seguir ganando votos en los estados agrícolas" .
¿Dónde está la solución?
Este problema requerirá atención urgente en varios frentes. En el corto plazo, es importante que las agencias internacionales, como el Programa Mundial de Alimentos de la ONU, estén listas para atender las emergencias que se presenten en los países más pobres.
Muchos analistas han recomendado que se permita una operación más nítida de los mercados. Las medidas restrictivas pueden tener un efecto negativo no previsto, y causar mayores incrementos de precios a nivel global. Además, los mercados resultan necesarios para que la oferta se ajuste a la demanda, y en particular para que la tecnología juegue su papel central.
Y, sin duda, será necesario que la humanidad reflexione sobre los biocombustibles, ya que su eficacia ambiental ha sido puesta seriamente en duda. Krugman propone simplemente dar marcha atrás en su producción (ver recuadro). Jacques Diouf, director de la FAO, ha pedido a los países ricos que eliminen las barreras a la importación de etanol carburante, para que la producción de este se desplace hacia los países en desarrollo, los cuales, para él, tienen mejores condiciones geográficas para que esta se realice sin un impacto tan negativo.
POR EL MEDIO AMBIENTE
El prestigioso economista Paul Krugman no esconde su opinión negativa sobre los biocombustibles. En su columna del New York Times del 7 de abril, afirma que estos son un fraude ambiental, pues para producirlos se requiere muchísima energía. Incluso el etanol de caña de azúcar, visto generalmente con mayor aprobación, podría ocasionar, según Krugman, una catástrofe ambiental, pues produciría la deforestación de enormes áreas tropicales. "Necesitamos una ofensiva en contra de los biocombustibles, los cuales han resultado ser un gigantesco error". |