Los biocombustibles
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Redactor de EL TIEMPO
El desmesurado aumento de los precios de los alimentos -83 por ciento en los últimos tres años, según datos del Banco Mundial- y los disturbios causados por el hambre, fenómeno medieval que ha sacudido a unos 40 países, han puesto en primer plano el debate sobre el uso de cultivos de consumo humano para producir biocombustibles como el etanol. Lo importante es hacer el debate con todas las variables.
Sería injusto achacar solo a estos el alza del precio de los alimentos. También son responsables el crecimiento demográfico, la mayor demanda de países como China e India, donde decenas de millones han salido de la pobreza y consumen más alimentos, y las sequías e inundaciones por el calentamiento global que afectan las cosechas. Además, los altos precios del petróleo aumentan los costos de fertilizantes, transporte y procesamiento de alimentos. Por ejemplo, el precio del arroz -que no se usa para biocombustibles- se ha disparado al punto de que se habla de que Asia podría enfrentar una "hambruna silenciosa". Varios países restringen su exportación y se llegó al extremo insólito de racionarlo en algunos supermercados de Estados Unidos.
Pero los biocombustibles han merecido atención especial en la medida en que cultivos de alimentos como el maíz o la caña de azúcar se destinan a alimentar la creciente sed de autos y camiones por combustibles alternativos.
Se critica a productos como el etanol porque el aumento del cultivo de sus insumos acarrea el alza del precio de la tierra, desplaza a otros cultivos y azuza la deforestación. Dos grandes productores de palma, Indonesia y Malasia, planean destinar casi la mitad de su cosecha a producir biodiésel y no aceite para consumo humano. Con 200 kilos de maíz se producen 50 litros de combustible -o se alimentaría una persona por un año-. E.U. y otras naciones estimulan con subsidios su siembra desaforada para producir etanol. Se cuestiona también el hecho de que se invierta casi tanta energía en convertir maíz en un galón de etanol como la que rinde esa medida de este carburante, con lo cual el efecto sobre el calentamiento global sería casi nulo. A la caña, más eficiente, se la responsabiliza de parte de la deforestación de la Amazonia. Y no es solo el maíz: sorgo, trigo, remolacha, yuca y soya son parte de los proyectos para intensificar la producción de biocombustibles.
La seguridad alimentaria y la preservación del ambiente -que tienden a descuidar los entusiastas de los biocombustibles- son críticos, pero hay también quienes sostienen que la producción de combustibles con recursos renovables es una alternativa al petróleo y contribuirá al desarrollo de los países pobres, que tendrán buenos precios para sus productos primarios y la oportunidad de modernizar sus estructuras agrarias. El presidente de Brasil, Lula da Silva, así lo cree.
Lo importante es hacer el debate con todas las variables. En Colombia, este apenas empieza y, aunque no se evidencia aún un desplazamiento de la producción de alimentos para consumo humano hacia la de insumos para combustibles vegetales, ya hay una tendencia a la expansión del cultivo y la inversión en esa área. La frontera agrícola de la palma y el azúcar ha crecido sin causar daño en la dieta. En maíz y oleaginosas hay déficit y deben importarse. Pero, tarde o temprano, el tema deberá ser discutido con seriedad. Y, como lo muestra el resto del mundo, no será fácil promover la expansión de una producción sostenible de biocombustibles y garantizar, a la vez, que la oferta de alimentos cubra la dieta de los colombianos.
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