Este es el cuarto de hora de la agricultura
El tiempo impreso
Rudolf Hommes
La posibilidad de producir biocombustibles ha impulsado la compra de tierras por parte de extranjeros en Colombia.
En los años transcurridos de la administración de Uribe la recuperación del campo ha sido mucho más lenta que la del resto de la economía. El sector agropecuario creció el año pasado solamente 2,58 por ciento, la tercera parte de lo que creció toda la economía (7,52 por ciento en el 2008). Esto no es compatible con toda la tiza que le ha puesto el Presidente a la política agropecuaria, los generosos subsidios que se les han concedido a los ricos del campo, la protección casi infinita que se le ha otorgado a la producción, los elevados precios que dicha protección fomenta y la excesiva retórica y el derroche populista de los ministros del ramo. Estos resultados exigen mucha autocrítica, un análisis serio y revisión de la política porque no hay razón válida para que el campo creciera solamente dos y medio puntos en el 2007, con la economía disparada y los precios por las nubes.
Los precios internacionales del arroz subieron el mes pasado entre 30 y 50 por ciento. Países productores y exportadores como Egipto y Vietnam han restringido las exportaciones para que no suban los precios domésticos del cereal. En el mundo, los precios de los cereales subieron cerca de 40 por ciento entre octubre del 2007 y marzo de este año. La harina de trigo escasea y se han achicado significativamente los inventarios. Los productores de cerveza se quejan de la escasez mundial de cebada y de lúpulo. El impuesto de exportación que ha querido imponer el gobierno argentino a las exportaciones de soya tiene a los agricultores argentinos en las barricadas y provocó un alza del mismo orden en los precios internacionales de la soya.
Esa situación cambia radicalmente las condiciones para los cultivadores colombianos de alimentos. También reviven nociones de seguridad alimentaria que parecían anticuadas, pues la amenaza de un retorno al proteccionismo mundial y las restricciones a las exportaciones que imponen países exportadores obligan a repensar que se puede cultivar en Colombia. Ya se están haciendo ensayos privados para reintroducir el cultivo comercial de cebada en los altiplanos. Muy posiblemente volveremos a ver sementeras de trigo en las sabanas de Cundinamarca y Boyacá y campos de maíz en tierra caliente. Los precios internacionales del arroz harían pensar que va a aumentar el área cultivada de ese cereal, pero los precios internos de ese producto, como los del azúcar, siguen siendo muy superiores a los internacionales por la excesiva protección que reciben y el sector puede no reaccionar al estímulo.
También hay desarrollos tecnológicos y descubrimientos que pueden cambiar radicalmente el curso de la agricultura. La posibilidad de producir biocombustibles ha impulsado la compra de tierras por parte de extranjeros en Colombia y la inversión. A la vuelta de pocos años, el altiplano cundiboyacense puede volverse un gran productor de azúcar para las plantas de alcohol carburante que se ubiquen en Sogamoso o en Zipaquirá... Las condiciones de clima, la variabilidad de temperaturas en un mismo día y las "heladas" hacen que las tierras de la región sean especialmente aptas para el cultivo de remolacha azucarera, con rendimientos en azúcar superiores a los de las zonas templadas. Posiblemente estamos en el umbral de algo tan importante como lo fue en su momento descubrir que la Sabana de Bogotá podía volverse exportadora de flores.
Este panorama, especialmente atractivo, puede ser flor de un día si la política agropecuaria no cambia para ser menos política y más agropecuaria: sobran las malas ideas y hacen falta las buenas. La población rural no tiene acceso suficiente a la tierra. Hace falta investigación agropecuaria y de mercadeo, riego, crédito y extensión, y sobran los subsidios mal enfocados y los aranceles desmedidamente altos. El Ministro de Agricultura va a tener que pensar más en el futuro de su sector y dejar la manzanilla para más adelante, porque hay mucho tilín y pocas paletas. |